Escrito el 20 mayo, 2013

En casa, siempre, se guarda un rincón, se guarda del polvo y del ruido, de la erosión y del cincel. En casa, siempre hay un rincón de esos, de esos que se han de contraer ante miradas extrañas, invasivas, que acechan lo estático del lugar, lo imperecedero. Y el resto del mundo, afuera, continúa funcionando igual que funcionó siempre, con sus inventos, sus axiomas, sus aristas y su dialéctica. Sin embargo, entre tanto extraño invitado en casa, el rincón comienza a empequeñecer con sus ojos redondos y tristes hasta que en el círculo de su mirada no queda nada para vislumbrar, todo es opaco e inarticulado, todo él es una especie de humo evadiéndose hacia el tejado, abandonando su casa. Entonces, dentro, sólo se queda el televisor, el cristo colgado en la pared, la cocacola, el ruido, el corán, el facebook, la pareja, la letra del coche, la letra de la universidad del hijo, la letra de la hipoteca, la letra de las tarjetas de crédito, la incoherencia, la inercia, las prisas, el amante, la incomunicación, la soledad, la presura, el viento si acaso, la televisión, la tora, el bosón de Higgs, la economía, la recesión, la oficina, el pico, la pala, los inventos, los axiomas, las aristas, la dialéctica. Y todo ello se amalgama con la fina sutilidad de nuestros días, sin tosquedades, como si entre nuestras manos tuviésemos la música de un violín y no la de un martillo neumático reventando las cabezas de quienes viven debajo. No obstante, los cráneos siempre crujen con violencia, con ese gélido chasquido efímero que cuesta una vida, pero que se escuche con el ruido del televisor al lado es una cuestión diferente. Mientras tanto, el rincón es menos rincón que nunca perdido en la inmensidad de cualquier océano, pero, por suerte, siempre llueve para volver a ser recogido, para que volvamos a escuchar sin distracciones la vergüenza, directa o indirecta, de nuestros actos y deseemos con sentido ánimo que nuestros hijos no sean voraces hijos de puta como lo somos nosotros. ¿Y qué tiene que ver Anaïs, Colin y la arena con todo esto, cuando en apariencia es sólo una narración de pareja? Todo, tiene que ver todo, porque toda la obra gira en torno a una sola palabra que hace referencia a ese rincón del que hablo y que siento como necesario. Esa palabra es autarquía, y la autarquía no entiende de géneros ni de ninguna otra artificial categoría humana, porque hay tantas Anaïs como Colin y tantos Colin como Anaïs, eso es únicamente una contingencia más de las muchas en una representación teatral, sin embargo, es esta obra un reclamo de la autarquía en sus ambos sentidos, dominio de sí mismo y autosuficiencia, porque es imprescindible forjar nuestra personalidad en ella y profundar en nuestra identidad humana para cimentar mañana una comunidad sana de seres íntegros y no de esclavos como es hoy. Gracias por venir.

En Lima a 17 de mayo de 2013.

-Texto  para ejercer la  papiroflexia, entregado a la entrada de la función y recogido en un par de dobleces en cada butaca ya vacía. –