Escrito el 7 abril, 2013

En una caja negra la narrativa tiende a tomar un hilo de viento que unas veces suena a flauta, otras veces suena a trombón, y otras veces, incluso, suena a vajilla despedazándose. En una caja negra la poesía tiende a confundirse entre los labios y el escenario queda partido en una simetría absoluta hasta bajo el más recio caos. Entonces, el guión ya no es tan guión y los géneros no son tan géneros, alineándose quinésica, simbología y estructuras verbales que revelan los diferentes planos de un texto. En el papel, la literatura (englobando en tal término todas sus expresiones) siempre ha tenido la suficiente fuerza como para satisfacer los instintos más exigentes del ser humano, sin embargo, una diferencia a considerar cuando un texto dramático se lleva a escena es la energía trasladada a  todos los sentidos sin que para ello quien lo recibe haya de tener que utilizar su imaginación o interpretación de forma tan aguda como en una novela o en una poesía. Es decir, el personaje puesto en escena transmite una serie de verdades que podían no ser imaginadas así cuando un personaje es únicamente leído, e igual pasa al diseñar una escenografía o elegir el vestuario. El teatro entrega y se encorseta desde el principio de la función en un registro escénico que obligará a interpretar de una determinada forma concreta la obra, así este mecanismo acontece de un modo más agresivo que en la novela por ejemplo, cuya libertad de interpretación radica en la ausencia plástica de elementos alentando la imaginación interior. Esto es un arma de doble filo, pues es tener que multiplicar los elementos sobre los que un autor primero y un director de escena después han de decidir coartando en cierto modo la subjetividad del receptor, jugando con mayor frecuencia a elegir arbitrariamente los signos de la comunicación que ponemos en pie. Esto se ve con claridad en las continuas reinterpretaciones a las que queda sujeta un texto dramático, no siendo igual Chejov bajo la interpretación de Stanislavski que Chejov en la puesta en escena llevada a cabo por Santiago Sánchez. A partir de esta premisa cabe señalar que este estricto pero fluctuante código al que queda sujeta una representación teatral obliga a quien se dedica a la creación dramática a contar con la actualización escénica de su texto, implicando una serie de miedos que tienen como consecuencia la pulidez del mensaje que se quiere transmitir y la búsqueda constante, como en las demás expresiones literarias pero agravada por el temor a ser transmitido a través de los ojos de un director de escena, de un sello personal que entreguen al espectador todo aquel ramo de dudas, angustias, magia y argumentos que han de combinarse sobre el papel para la creación de un texto literario.

Queriendo concluir este apartado en el terreno personal, destacaría que el sello arrojado en todo texto artístico viene determinado por las circunstancias que el autor consideré relevantes, así, en mi caso particular y enlazando con la conclusión de la introducción desearía aclarar que cuando hablo de un argumento contemplativo hablo de un argumento que trate las opciones y posibilidades del ser humano como tal,  enclaustrado en su sociedad, así, toda la literatura que he venido confeccionando es un intento constante por dilucidar causas que nos empujan en los diferentes planos de realidad, siendo tal vez éste el sello que busco en todas mis obras, sin ningún experimento, sin ninguna innovación, sólo tratando hablar de nuestra época acogiéndome al género literario que me lo permita, en este caso apostando por el teatro y sus posibilidades.

Texto extraído del proyecto personal presentado a Iberescena para beca de creación dramatúrgica 2013.