Escrito el 22 enero, 2014

“Dentro de cien años seremos unos bárbaros cuyo único ideal consistirá en la fácil satisfacción de las funciones corporales; gracias a la ciencia positiva habremos vuelto a  la animalidad pura y simple…” “…Debemos ser místicos otra vez. Debemos aprender otra vez a amar, la fuente de todo entendimiento.”

Albert Aurier.

He encendido el ordenador y me he masturbado viendo un video. Nada especial. Él se ha corrido en su boca y ya. Ella ha gemido mientras él lo hacía y ya. No han sentido nada más allá de una punzada física. Un sutil empujón. Igual que yo. Igual que todos. Casi puedo afirmar que ese pinchazo ya no nace de dentro, sino de los ojos. Uno no siente el orgasmo hasta que en sus retinas no se refleja  el semen saliendo tímidamente de la uretra. Y es así. Es un producto carnal. Se puede comprar quilo y medio en las grandes superficies. Incluso, si la timidez inherente del ser humano se ha visto en tu caso agraviada por la sociabilidad virtual del ordenador, cómprate una vagina de silicona. Es relavable. Pero, Aurier ya lo vaticinó hace más de cien años. No nos vamos a sorprender ahora por ello. Incluso, hemos de reconocer que nos gusta. Que somos unos enfermos perversos en busca de más y más sexo, en busca de saciar una insaciabilidad correosa que se extiende por nuestras venas igual de rápido que el agua se filtra a través de una diminuta grieta. Una grieta tan fina como la que separa dos labios de coño. Y yo meto mi lengua en busca de llenarme de algo, de algo de estrellas y magia y drogas que me arranquen de una vida rutinaria con futuro y sin concepción alguna de la muerte. Y es que, paradójico pero lógico, ahora que no tememos la muerte es cuando estamos más muertos que nunca.  Occidente es un nido de fría especialización, de estructuras y jerarquías que ordenan los recursos y predisponen la vida para unos y otros. La batuta de Dios ha dejado de agitarse, el ser Andrógino de Aristofanes fracasó en su asalto al cielo, sin embargo, el hombre de hoy con la cicatriz del ayer ha llegado a pegarle un tiro a Zeus. Arrogante, ahora, cree poder dominar tanto como aquello que le queda por debajo de sus pies, sin tan siquiera detenerse a pensar cuánto tiene de verdadero sobre todo lo que creer reinar. Un auriga sin sentimiento de fin es igual a un caballo encerrado en un ovalo de por vida. Morirá de pena sin darse cuenta de ello, será incapaz de percibir el olor a putrefacto de sus intestinos porque trata de engañarse corriendo sin parar, convenciéndose a sí mismo de lo vivo que está. Es triste, pero los conceptos se entienden por el conocimiento de su contrario, y a nosotros, no es que nos falte Dios ninguno, es que nos falta el miedo a la posibilidad de no existir.

Vivos. Vivos y malolientes, convencidos de nuestra corporalidad como principio de vida con un sexo tan diverso y rico. La lascivia de hoy es la extensión necesaria para mantener el fraude de vida fácil y banal que registra nuestra larga experiencia. Y qué bueno sentir como se adentra la punta de nuestro ser entre dos piernas encalambradas que nos transmiten algo de naturaleza. Necesitamos sentirnos vivos, necesitamos asegurarnos, necesitamos no dejar de correr,  de corrernos, dentro del ovalo. Necesitamos, al fin y al cabo, llenarnos de algo al no tener nada.

Tal vez, por ello, decidimos hacer este número especial de revista, para comprobar el actual estado de salud de todos aquellos enamorados. ¿Qué veréis a continuación? Alguna idea de amor, alguna forma de follar, alguna que otra mordedura del alma de aquellos pocos, que por suerte, les queda. Y es que, por mucho que Aurier citase que “el sensualismo del presente siglo nos impide ver en una mujer algo más que un cuerpo apropiado para satisfacer nuestros deseos físicos.” hemos de contradecirle al saber que, realmente, una mujer nos puede destripar el pecho con tanta facilidad como después de ello correrás a llorar solo en un rincón de tu habitación. Así, los textos recogidos son el testimonio de aquellas almas que han conseguido follar, enlazarse, matar la constante idea de carne.

Moisés Afer, año 2010