Escrito el 21 enero, 2013

El globo aerostático que se le metió a ella en el estómago

tenía los dientes de un pez japonés y la edad de una tierra.

Y sin embargo, nos parecía joven al pensar en sus encías de leche.

Ella decía que era mejor así, que pronto se le caería de dentro

y sonaría el gemido de una hoja de otoño esperando las abejas.

Yo quería creerla con la ceguera incendiada de un verano,

pero el silencio de entre nuestros ojos delataba el pánico

que como su hinchado vientre crecía en mí con ritmo gimnástico,

puntual, certero, tajante,  con los brazos largos de un horizonte.

nnnnn

Era de noche siempre y la habitación se había reducido al espacio

entre su ombligo y el rostro caducifolio de mis decisiones.

Y sin embargo, queríamos creer que todo sería para mejor.

Ella continuaba sonriendo de lado a lado mientras el candor de su sangre

tenía el agrio sabor de la demanda y la falta de hierro.

Yo quería seguir creyendo en su ribera esbelta de mar y hielo picado,

pero el hambre caprichoso de nuestras cenas y desayunos nos tapió

con el hedor de un tambor de revolver en el desierto,

era el dormitorio con todas sus esquinas, angosto y débil que se venía encima.

nnnnn

Era de día a veces y nos echábamos la siesta con su cuerpo volcado

de un lado y del otro y con el mío hilvanado detrás despacio,

no tan despacio como venían los ojos bañados en almíbar

con sus pupilas, con mis iris, con nuestra mirada compartiendo el frío.

Y me convencía oyendo su respiración sincera de hilo y ansiolítico,

 queriendo abandonarme entre sus piernas ayer, y hoy junto a sus entrañas,

pero había algo que no estaba ni en su sonrisa ni en sus tobillos de paloma,

que escapaba sinuoso y ágil aun siendo un torrente de marfil y plomo,

era el rumor espeso de los coches fuera, el sin sentido de un tenedor torcido.

nnnnn

El hidrógeno que nacía en la mina de su placenta

tenía la mirilla angulosa de un francotirador.

Y sin embargo, nos parecía el aliento tenue de la paciencia.

Ella decía que pronto era pronto sobre todo estando en casa

y que no me precipitase dado que la primavera siempre llegaba.

Yo quería escucharla con la concentración humilde de un invierno,

pero el nervio de mis células mientras ella dormía agitaba el temor

que como su fina voz trepaba en mí con vértigo de abismo,

perenne, certero, embrocado, con los pies lejos de un vencejo.

nnnnn

Entonces, los ríos de sus brazos gritaban envolver mi cuello

con presión, con furia, con las uñas rectas de un galápago en la orilla

saboreando la espuma del germen con bello de melocotón.

Entonces, de vuelta con más peso, al lado de nuestra cama pusimos madera

de bosque y plumas de vuelo raso, la habitación se abrió y

todo quedo atrás o debajo del colchón, agazapado o escondido

todo quedo atrás y la eterna duda del mundo y su espacio,

todo quedo atrás y la eterna aversión al humano y sus guerras,

desapareció por nosotros.