Escrito el 7 abril, 2013

Si era pequeño era porque era pequeño. No había muchas más razones que poder dar, y en cambio ella se empeñaba cada mañana en hacerme preguntar. Yo sabía perfectamente que ella era una hinchapelotas con la desquiciante virtud de la insistencia. Y aquello era pequeño y era pequeño y ya está. No había más. Pero el sol se alzaba y yo me sentaba a desayunar y la veía a lo lejos, al otro lado de la mesa obligándole a él a doblar su frac bien planchado desde primera hora mientras rumia una serie de sonidos encriptados para mí. Él y su frac se acercaban hasta mi lado y aprovechando volcar el zumo de naranja en mi vaso me transmitía el mensaje cifrado de ella. Se me hinchaban entonces las pelotas aún más y clavaba mis ensangrentados ojos en ella, de quien cuya respuesta no se hacía esperar y con un altivo gesto de cabeza me despachaba para incorporarse poniendo un golpe en la mesa y salir dando un terrible portazo. Entonces, no esperaba a que él y su frac le abriesen la puerta, no esperaba nada, sólo irse así de ese modo provocándome un agudo sentimiento de impotencia. No la veía de nuevo hasta la noche, y dónde pasaba ella el día entero era un misterio del cual no me ocupaba, porque hay misterios que resultan un alivio. Cuando se sentaba de nuevo a cenar al otro lado de la mesa volvía a pedirle a él doblar su frac y su espalda y le decía lo mismo que por la mañana, que por qué aquello era tan pequeño. Y aquello era tan pequeño porque sí, ya lo sabía ella, porque no podía ser más grande porque entonces en la casa no entraría nada más que aquello que a ella no le resultase tan pequeño y a mí se me comenzaba a agotar la paciencia con tanto espacio lleno de frió. Y las pelotas las tenía desde hace tiempo tan hinchadas y tan frías que aquello era todo por lo que aquello, el colchón nuevo, era tan pequeño.