Metrópolis

Año 2007

Sinopsis:

Nivea tiene el cabello delgado y la nuca amplia. Es todo lo que él ha visto de Nivea. Sin embargo, Nivea está hecha de suelo lejano y de fe y por tanto, Nivea es como todo aquello que él desea. Ella entonces no es Nivea, sino una mujer con la piel muy blanca y sentada siempre de espaldas a él. Él tampoco es Nivea, porque Nivea tiene los brazos estrechos y llanos y le habla con una feminidad que le absorbe, aunque es cierto que Nivea no suele hablarle a él delante de nadie, porque Nivea, que no es ella, es un frágil secreto que él guarda convencido de que así es mejor. Y entonces, él se marcha y ella se queda y Nivea le crece a él dentro con ansía y sin sentido, desdibujando el tono albino y el cabello delgado de ella sin que ella tan siquiera lo sepa. Al regresar, él ha hecho ya de Nivea una pieza trenzada de hilo y ella continúa siendo la misma nuca amplia y la misma espalda preciosa. Pero ella ahora ya no es Nivea, ni lo fue antes, pero ahora con razón, porque Nivea es de hilo y ella es de músculo y si llueve sobre el cartón, el cartón comienza a torcerse y a replegarse y a sonar esponjoso, como si se tragase el aire de fuera con ahínco insistiendo en vivir, y no, el cartón sabe que pronto será un charco, un charco lleno de tierra y realidad donde no cabe ni la fertilidad ni Nivea, sino ella, y por mucho que ella fuese con su cabello delgado y su piel blanca el mayor de los anhelos, él ya no quiere que Nivea sea solamente cenizas. ¿Quién es Nivea?

 


 

Comentario personal:

Metrópolis fue el primer trabajo serio y de extensión que concluí. Fue llevado a cabo en dos solitarios meses en Bruselas, donde el proyecto comenzó a tomar cuerpo sin previa antelación de él, y cerrado en otros dos solitarios meses en Buenos Aires. En aquella época mis lecturas comenzaron en Henry Miller y Boris Vian, de quienes traté de aprender lo abrupto y lo elocuente, llegando a Lawrence Durrel, Fiodor Dostoyevski, Milan Kundera, Stefano Benni, Michel Holluebueq, Charles Bukowski, la Generación Beat, Julio Cortázar… No existió ningún orden. Cada libro me aportaba un nuevo lenguaje, un nuevo estilo al que aspirar, y mi temprano carácter se sentía invadido por unos y otros. Pero en Metrópolis, más que a nadie, se puede oler a Henry Miller y a Williams S. Burroughs, llevando a cabo entre sus páginas una fuerte apuesta por una prosa poética, que dificulta el desarrollo correcto de la trama, así como por la narración dispersa de una visión del mundo precipitada. El argumento, que se construye como excusa para encauzar lo mencionado, trata sobre el proceso de idealización de una mujer a quien el protagonista sólo conoce de vista, paralelo a una serie de viajes que alejan a éste con intención de la persona de carne y hueso. Esto le conducirá a una extraña dicotomía respecto a la concepción de esa mujer. Por un lado están tanto los recuerdos físicos acerca de ella, como un plausible futuro donde conocerla. Sin embargo, el protagonista comienza a ser consciente de que la mujer que él espera, probablemente, tenga ese cuerpo, pero no coincida con todo lo que él ha imaginado novelando su historia con ella. De ahí su terrible miedo a conocerla. Esta trama principal queda aderezada con la incursión de abstracciones del protagonista que abordan superficialmente temas lingüísticos y filosóficos, aparte de imágenes trazadas sobre la trama principal (o secundarias no explicitadas aquí) que desorbitan la realidad y sacan al lector de la localización espacial llana donde concurre la acción.

Respecto a su sentido técnico, es una novela construida a partir de capítulos de no gran extensión, con una única voz sobre la que gira todo, transmitida en primera persona con afán de pseudo-autobiografía. Para la exploración de su tiempo, en Metrópolis, se utilizan desde las pausas descriptivas más ásperas hasta breves elipsis, lo que permiten la elasticidad de las imágenes, ciñendo el tiempo argumental en progresión lineal entrometiendo analepsis para consumar el proceso narrativo de la trama.

Como conclusión y opinión personal, Metrópolis se puede considerar un primer trabajo lejano aún de la madurez pero con fragmentos interesantes. Peca de precipitación, tanto intelectual como lingüista, y se deja avasallar por estilos impropios de los que no se puede renunciar, pero cuya motivación posteriormente ha sido canalizada para dar con un estilo que diga de mí. Metrópolis fue un descubrimiento, una forma de darme alas y convencerme de que la novela era la rama literaria que mejor serviría para mis proyectos. Con anterioridad, había escrito breves obras de teatro y había abordado la poesía libre de métrica, pero nada de ello se terminaba de ajustar a lo que había de hallar para comenzar a describir un realidad paralela. La imagen de la mujer idealizada acompañará las posteriores novelas bajo el nombre que aquí adquiere (Nívea), por lo que es Metrópolis, aunque una novela manchada de los invites del ocaso de la adolescencia, el primer ladrillo de una virtualidad llamada a engordar en todas mis obras, siendo, con sencillez, parte de mí.

 


 

Breve lectura:

…Nuestra habitación tiene el suelo de madera cristalina, con la puerta a un lado, dejando en frente un pequeño servicio con un plato de ducha enorme. El agua caliente corre arañando los tubos de cobre escondidos tras unos azulejos oscuros. Es una especie de mármol en negativo sujetando tres escarpias larguísimas de donde cuelga un espejo hasta el suelo, por detrás del bidet sin pie y de cristal verdoso. Debajo del somier tenemos puesta una alfombra de falsas cepas de angora que nos acaricia los pies en las cenefas del colchón cuando nos levantamos de él. Es un colchón grande, muy grande, cuadrado, y tumbados en él, a veces, miramos una tele plana de marco negro, una treinta y dos pulgadas apoyada sobre un mueble de madera oscura que queda a la altura del somier, dos palés enredados con sus baldas de madera de pino lacado a no demasiados centímetros del suelo y la alfombra. Lo más lejos del suelo son las láminas de Roy Liechtenstein y Andy Warhol que empapelan las paredes pintadas de un azul intenso. Debajo del edredón nos envolvemos siempre con sábanas de color liso; rojo, morado, fucsia, inclusive y redundante negro. Al lado del televisor tenemos instalado el equipo de música, con los altavoces desperdigados y el equipo de video.

Nuestra habitación en una simbiosis armónica y desastrosa de cables, enchufes, imágenes, partituras, libros, versos, filosofía, dramaturgia, tacos, arco iris, posters, sujetadores, calcetines, vaqueros, y más vaqueros, condones, aullidos, pelos, lámparas, tubos, radiadores, cerraduras, cajones, jerséis, insultos, ventanas, estruendos, rayos, caricias, labios, mandos, películas, cajas, (de DVD, de CDS, de ropa…), crujidos, grietas, gritos, risas, vértigo, cuentos, historias, excusas, discusiones, peleas, puñetazos, mordiscos, sexo, semen, desenfreno, alcohol, absenta, cerveza, borracheras, penetraciones, cabalgadas, sueños, abrazos, siameses, jaquecas, desayunos, masajes, duchas, albornoces, miradas, “te quieros”, pizarras, tizas, dibujos, notas, espectros, fármacos, drogas, arroz, pasta y suero.
No me quiere dejar entrar porque está cotilleando entre mis apuntes y notas. Yo nunca la dejo, me da vergüenza que lea lo que escribo acerca de ella pero quiere encontrarse en mis párrafos, y no hace más que fundirse entre mis letras. Al fin oigo como se pone de pie, puedo escuchar sus pies estrellando la fina tela de sus calcetines contra el suelo. Parece que se detiene detrás de la puerta, pero no me dice nada. Sólo se queda de pie esperando. “Oye, escucha mi vida, yo no quise haberte dejado ayer sin entrar, no quería que pasases en el descansillo más de cinco minutos pero me quedé dormido… llegamos demasiado borrachos. Era sólo una broma lo de la puerta, me quedé dormido sin darme cuenta y se debió de cerrar sola. Perdóname”…

Breve fragmento extraído del Capítulo XXXI de Metrópolis.