Escrito el 22 abril, 2013

A todos ellos hacía ya mucho que los habían colgado y en aquella plaza únicamente quedaban los restos de cuerda deshilachada y miradas diarias que nada tenían que opinar de lo que allí mismo había sucedido. Ahora se vivía mejor, o al menos así se hacía saber calle arriba y calle abajo, de día y de noche e incluso entre los sueños más profundos. No había ningún gran ojo que lo controlase todo, ni un creador omnisciente que reglaba a su antojo. No, no había ni ciencia ficción ni utopías, ni George Orwell ni Aldous Haxley ni Woody Allen. Sólo había la calma de una cuerda flácida hinchada de ansiolíticos.

A todos ellos hacía ya mucho que los habían colgado y sería tal vez injurioso para las manos gruesas y para las manos ensuciadas y para las manos aún débiles que habían colgado a todos los que habían terminado suspendidos en medio de la plaza, decir que esas manos se habían confundido con rotundidad, porque muchos de los rostros isquémicos que llenaban sus ángulos de un morado tenaz merecían tener ese color y porque, al fin y al cabo, la inercia les había arrastrado hasta allí y ninguno podía sentir en aquella ceremoniosa liberación estar haciendo algo mal. La ética no habla cuando suenan los tambores. Y así lo sabían quienes desde hacía mucho venían tendiendo la trampa.

A todos ellos hacía ya mucho que los habían colgado y quienes habían medido los metros de cuerda necesario para sujetar tanto cuello sentían ahora que ellos necesitarían otro poco de cuerda para librarse al fin de tanta culpa, pero había un nuevo ayuntamiento, y siempre un nuevo ayuntamiento que recoge el testigo después del caos es un aliento de esperanza para reestructurar todo desde sus cimientos más profundos. Acaso, quienes habían medido los metros de cuerda no habían pensado el día de ayer que quienes les invitaban subliminalmente a conseguir los metros de cuerda iban a ser quienes recogiesen el testigo. Y ahora, en la calles, reinaba una calma extenuante incluso para el más ermitaño de todos ellos y se veían los pies llenos de polvos de venir de trabajar y de volver de trabajar. Sólo les gustaba mirar el mucho lujo al que podían aspirar.

A todos ellos hacía ya mucho que los habían colgado y de las clases políticas de antaño no quedaban nada, más que algún rastro de sangre difícil de desincrustar de los adoquines de la plaza. Ahora se decía que todo había ido para mejor, que ya nadie robaba y que ya nadie se enriquecía de las arcas públicas, que ahora, al menos, las arcas públicas las dirigían quienes no tenían necesidad de coger de ellas y que ahora sí se podía decir que aquello era una democracia menos canalla. Sin embargo, siempre quedaba el lastre ignominioso de no tener el lujo al que aspiraban, aunque les era suficiente con la ingenua idea de poder alcanzarlo con su esfuerzo. Y es que ahora sí, las clases fuertes de siempre se habían vuelto prestidigitadores a quienes no les hacía falta la fuerza. Ahora, sólo, habían de valerse de todo lo que habían creado a fuego lento para estrechar su casta: el liberalismo, la eficiencia tecnológica y los medios de comunicación.