Escrito el 17 octubre, 2013

Añoro que todo vaya tan despacio y vacío como lo iba cuando no me detenía en nada. Paseaba si acaso. En Bruselas, en Buenos Aires, en Granada, en Barcelona, en Casavieja o en Madrid. Vivir enfrascado en el dinamismo de nuestras sociedades, parecer creativo, venderse, es arruinar por completo lo poco que un ser humano tiene por ofrecer. Dos largos años esperando a que llegue de nuevo el momento de estar en paz, de retomar Calata.

Os dejo, al menos, lo que me dio a conocer uno de sus personajes, Nadia.

 

CALATA Y NADIA.

 

                Calata tenía la forma vertiginosa de una carrera. Los dientes largos como si toda su boca fuese de colmillos y callejones oscuros donde era mejor no adentrarse si uno no deseaba salir sin billetera. Así era Calata y Nadia odiaba tener que andar en los vagones del tren a la hora en que los obreros salían de trabajar y llevaban con ellos ese olor deleznable de sudor y grava. Además ella siempre creía, sin creer en falso, que los obreros arrimaban lascivamente su polla contra su falda lustrosa y larga que solía ponerse para ir a la oficina. Este hecho le desesperaba, e ir sentada no arreglaba demasiado las cosas porque entonces se la ponían con frecuencia en la cara con la excusa del vaivén sobre los raíles. A Nadia le gustaba follar, e incluso se deleitaba con ciertas perversiones que la mujer más ávida del burdel no se dignaría a hacer, sin embargo le gustaba follar sin que nadie supiese que ella follaba, porque follar era una cosa de depravados. Nadia hacía el amor, aunque lo hiciese después tan sucio que pareciese haber nacido del mismo diablo. Se descontrolaba y le crecían las uñas, la boca se le ensanchaba para rogar y tomar, y después miraba aterrada el lugar del crimen. Por ello Leone rehuyó de ella en cuanto probó un par de veces, con la mala fortuna que en una de aquel par de veces se le escapase dentro un chorro de genes. Y es que Leone no podía sentirse culpable por vaciarse junto a ella, por azotarla brutamente como le pedía o por correrse en sus labios disfrutando de ver cómo le salía aquello con velocidad y distancia. En cambio, Nadia una vez que se vestía comenzaba a murmurar y a rezar preguntándose por qué toda aquella lujuriosa forma de entregarse, si el sexo había de ser la unión carnal de dos seres que se aman y que buscan un tercero y no la entrega animal al placer. Leone quería escupirle en la cara por aquella expiatoria mojigatería, o mejor dicho, volver a correrse encima de su cara para que se sintiese más humillada. Leone, como uno más, estaba contaminado de tanta pornografía y aunque él comprendiese bien la puesta en escena y que ante el dinero la mujer colocada debajo del grifo no sentía esa relación subliminal de sumisión, no podía lograr entender cómo el dinero era capaz de comprar tantos años de lucha feminista, porque, al fin y al cabo, aquel banal gesto entrañaba mayores consecuencias en la educación de la gente común y les decía a los niños, y no tan niños, que en el sexo la mujer podía ser sometida porque disfrutaba con ello, sintiendo un hombre vigoroso protegiéndolas de los demás hombres vigorosos. Y todas aquellas cabezas al ras de las ingles sólo pensaban en la de dinero que les iban a entregar después de tragarse un poco de masculinidad, lo que les permitiría ser mujeres libres a cambio de muchas otras condenadas. Con todo ello, Leone no podía evitar sentir placer a ver estas escenas y aunque después él era incapaz de hacerlo y siempre apuntaba su uretra en otra dirección que no fuese la propia cara, simulaba hasta el último momento que así iba a ocurrir excitándose con ello. Pero lo de Leone era una lucha consigo mismo, con Calata y con todo lo que ella le ponía alrededor y que había de mezclarse. Lo de Nadia era una lucha con lo que había crecido y sobre lo que no quería pensar ni un instante, ya que ello le comprometería su promesa de una vida arreglada en Calata.