Escrito el 27 noviembre, 2012

Aquel agujero en el zócalo tenía forma de ratón. Ambos lo sabíamos y ambos nos mirábamos con incertidumbre tratando de averiguar en los ojos del otro cómo contrarrestar la fuerza de esos dientes de recreo. Pero el agujero en el zócalo seguía destruyendo la madera que lo rodeaba y nosotros continuábamos mirando incrédulos un día tras otro. El bajo de las cortinas ya no era tan bajo y los vecinos comenzaban a sospechar mientras nos miraban con insistencia tratando de descifrar el por qué de nuestras miradas interrogativas. Las mañanas venían y la noches también y el agujero a cada momento tenía mayor forma de boca. Una vez, mientras desayunábamos, él me preguntó si había ido a ver. Yo le contesté que no, que aquello daba miedo y que en la habitación ésa no había quien entrará. La conversación quedó en el mismo punto muerto de ojos vacíos. Me dio un suave beso antes de salir y me deseó suerte. Después, me vestí con agilidad y oyendo los diminutos engranajes del reloj salí con la idea de que al volver ya no estaría la casa completa. Sin embargo, para cuando yo volví él, como casi siempre, había regresado ya y entonces le preguntaba yo a él si había ido a ver. Él me respondía lo mismo que yo en las mañanas y procedíamos a mirar, con nuestros ojos de telarañas y los ojos de los vecinos asomados a la ventana de cristal nítido, los daños y desperfectos que habían sucedido en nuestra ausencia: más cables desnudos y algunas patas en forma de triangulo.

Hubo una mañana que él se despertó más tarde que yo porque decía que estaba de vacaciones. Le pregunté qué haría, que si sería tan loco de quedarse el día completo allí. Me respondió un no contundente y antes de darme cuenta estaba sentado en la mesa preguntándome lo mismo de todas las mañanas. Me dio el beso de siempre y me deseó suerte. Yo corrí a nuestro cuarto y me puse los primeros pantalones que agarré evitando escuchar la orquesta de pasos minúsculos que creía oír entre las vigas. Encima, debajo, detrás de las paredes, alrededor. La casa entera sonaba a un agujero con mandíbulas. En cambio, aquel día para cuando yo regresé él aún no estaba. Me impaciente y fui al teléfono para llamarlo. Me respondió lejano, como si hubiese atravesado el país entero hasta la selva y se sintiese allí, en medio de la noche, más seguro que en casa. Le amenacé gritándole que volviese de inmediato si no quería que fuese yo a buscarle. Apenas nos quedaban ya cortinas y uno de los vecinos parecía tener más interés que el resto poniendo la oreja sobre el cristal desnudo. No me gustaba que pisasen el césped del jardín pero hacía tanto que no lo cuidábamos que al fin y al cabo debería acostumbrarme a ello. Al poco tiempo de la llamada él regreso a casa con anticuchos y papas para pedirme perdón, pero yo había estado intentando ver una película y no había habido manera de encender el televisor. Dos calambrazos y el bello de punta eran motivos más que suficientes para no dirigirle la palabra mientas me comía los anticuchos y las papas sin pensar en cuánto quedaba para él. Nos metimos en la cama como si él siguiese en la selva y yo en la casa, pero la luz de fuera nos caía en la cara y los vecinos se apenaban al no poder vernos más que como dos cuerpos inertes echados bocarriba y sin mirarnos. Días después él se levantó de nuevo después que yo y al entrar en la cocina, sin tan siquiera servirse su desayuno me preguntó lo de siempre. La mesa se tambaleaba con vértigo y la puerta de la habitación donde se escondía el poco zócalo que debía quedar había engordado con descaro. Aquella vez tan siquiera le contesté y traté de salir antes que él. Peleamos en la puerta del recibidor porque ninguno quería quedarse solo allí ni aunque fuese por unos minutos. Los vecinos miraban aglomerados por la ventana desmoronada y se animaban tomando posiciones. Acordamos volver a las siete en punto y sin un beso ni una mirada nos dijimos un adiós rotundo. Yo llegué a las siete y cinco y él llevaba ya cinco minutos sentado viendo el césped machacado del jardín. Me senté a su lado y no nos dijimos nada, sólo me pasó el brazo por encima del cuello y entró a casa a hacer el equipaje.

 A la mañana siguiente el agujero destrozó la puerta con un clac tan intenso que debía haberme sobresaltado, pero yo también estaba terminando de recoger mis cosas. Le entregué las llaves a uno de los vecinos que las aceptó sin preguntar nada. Eché una última ojeada antes de cerrar todo y vi nuestros antiguos discos de música enmohecidos y los marcos de las puertas descorchados. Entonces, supe que su brazo por encima de mi cuello la noche anterior había sido la mejor decisión. Entrar a ver qué ocurría en aquella habitación hubiese sido perder el tiempo.