Escrito el 12 marzo, 2013

Elisa siempre se reía cuando escuchaba pronunciar la palabra cuadrado. Llevábamos ya tanto tiempo sin saber de nada cuadrado que a Elisa y a mí siempre se nos desencajaba la mandíbula de reírnos al oír la propia palabra. A mí, particularmente, me sucedía que era más por la insistencia de la sonrisa de Elisa que por el vocablo en sí, al fin y al cabo, el término cuadrado me era indiferente, pero no así el fornido tono de la carcajada de Elisa. Su nota resultaba femenina pero contagiosa, incluso para muchos, escandalosa rayando lo maleducado. En cambio yo, cuando oía la palabra cuadrado y Elisa estaba cerca, sabía que había de agarrarme las entrañas para que no se me saliesen con el seísmo a punto de acontecerme dentro. Intuyo que Elisa buscaba un poco aquella reacción mía, le gustaba verme feliz, aunque feliz del todo no éramos, o no siempre, sólo que a veces lo disimulábamos con la curva de nuestros labios y la risa contagiosa, indecorosa según otros, de Elisa al oír cuadrado.

Todo aquello tenía su aquel, y felices o no, no se nos había olvidado cómo habíamos comenzado todo aquello. No lo de nosotros y nuestra relación, sino lo del cuadrado. Lo nuestro y nuestras raíces se habían perdido ya en la línea de los muchos años que habíamos crecido desde entonces. Teníamos juntos el pelo largo y las uñas eternas, aunque a mí me hubiese dejado de crecer hacía siglos ya y a ella se le alargase gris con mucho menor ritmo desde hacía siglos ya también. “Desde entonces” no era más que un día ya perdido en el tiempo, y sin embargo, lo del cuadrado habíamos de recordarlo cada vez que nos reíamos de ello.

Redondo lo era todo, menos nuestros labios y nuestras vidas, que por mucho que nos empeñamos en su día en hacer de todo algo con radio y diámetro al final nunca lo conseguimos. Y por ello, quizá, no éramos del todo felices. Pero, al menos, cuando oíamos cuadrado continuábamos riéndonos a la vez y nuestras gargantas tenían el hilo trenzado de un bicéfalo y todos nos miraban con caras agrias e isquémicas de triángulos insostenibles, mientras nos desatornillábamos por completo de las violentas sacudidas al reírnos cuando oíamos cuadrado. Nos sentíamos cómplices y Elisa trató de poner el mismo ruido de su salvaje risa a cualquier figura geométrica. Yo disentí por una cuestión de respeto matemático. A mí, particularmente, los número me eran indiferentes, pero había tantas cosas que me eran indiferentes que en un momento de mi vida casi redonda, pero no redonda del todo, sentí que debía tomar posición sobre algunos asuntos. Tal vez, aquel fue mi primer posicionamiento serio en la vida y frente a Elisa, pero al fin y al cabo, no por estar en frente de ella, y no al lado como siempre, se terminaba de romper nuestro círculo de raíces tan largas como el Nilo. Elisa lo encajó extraño, con cierta extravagancia y entonces, al oír un día triangulo volvió a probar. Probó y probó y no sacó nada de mí, tan siquiera una mirada cerrada que delatase nuestra afinidad. Nada, absolutamente nada. Y con gran ira se levantó de donde estábamos sentados y me insultó con virulenta energía. Yo le agarré de la cabeza y le dije que no podía esperar de mí siempre lo que ella desease y se calmó, no entiendo bien por qué, pero se calmó sin salirse de nuestro círculo de forma combada, con forma de tierra, achatada por los polos donde hace frío y donde uno por qué va haber de acercarse.

Creo que en cierto modo le gustó ver en mí un atisbo de rabia y no sólo de indiferencia respecto a la vida, respecto a nosotros. Y supongo que sí, que aquello estaba muy bien y que no sé si en aquel preciso momento le dimos a nuestra esfera más aspecto de elipse o más aspecto de balón, sólo sé que no la dejé que manchase de risa otras palabras que no fuesen cuadrado y es que cuadrado había de seguir manteniendo su carácter ceremonioso, santo, místico. Su carácter ineluctablemente sagrado. Además, sin querer caer en la perversión, aquel gesto le debió excitar. Elisa siempre quiso apostar por que yo era un simple homosexual con aversión al bello de la barba ya que aquello me hacía sentir inferior al no tener yo, pero que de no ser un barbilampiño andaría buscando agujeros más densos y secos que romper. A mí, su opinión en tal tema, me era indiferente y nunca consideré posicionarme ante ello. Sólo, para evitar posibles chistes, traté con ahínco, incluso yendo borracho, no pedirle jamás probar a metérsela por el culo. Siempre me quedé con las ganas de ello pero sé que ahorré bromas y comentarios demasiado gratuitos.
Entonces, quedamos que cuadrado era la única palabra que tenía su propio altar, su propio templo y que por tanto, sólo a ella podíamos ofrecerle el culto de nuestra carcajada. Vinieron días tempestuosos después de ello, con líneas que no eran ni de cuadrado, ni de paralelogramo ni de nube. Líneas con varios ángulos, tan amenazantes como un par de narices aguileñas, líneas perpendiculares a historias que no cabían dentro de nosotros y que sin embargo, peleaban por entrar dentro de nuestro círculo. Elisa y yo comenzábamos a mirarnos preocupados e incluso empezamos a dejarnos de mirar, pero el pelo nos seguía creciendo, a mí hacía dentro, a Elisa gris, y yo se lo veía cada día en la ducha antes de que se marchase a trabajar, a batallar con ese millón de líneas que le atravesaban la voluntad igual que a mí cuando una vez vestido salía de casa. Era el mundo tan cuadrado que más que risa nos comenzaba a dar miedo.

Fue una tarde después de todo, después de una larga tormenta y después de largas llamadas telefónicas y después de hacer el amor en repetidas ocasiones para reconciliarnos cuando nos sentamos a hablar al fin cara a cara. Hacía tanto que no veía los ojos de Elisa que se me habían olvidado la forma de sus iris: redondos, tan redondos como ella y yo. Me acercó su mano tremulosa y me dijo que sí acaso ya no recordaba nada. Como un tonto le respondí que claro que me acordaba de cuándo empezamos juntos y que me perdonase si algún año se me había olvidado. Vi en sus ojos el mismo rojo coagulado que cuando me posicionaba en frente suya y no al lado. Con sequedad y concisión me dijo que sencillamente era tonto y que si yo realmente la creía tan superficial como para que ella, Elisa, estuviese preguntándome dónde nacieron o cuándo nuestras raíces. Me detuve un segundo, o aun menos, y caí en la cuenta de que no, de que yo siempre había estado enamorado de Elisa por algo que no me era indiferente y Elisa antes de querer retomar yo la palabra me continuó diciendo: Nosotros nos reímos cuando escuchamos la palabra cuadrado porque desde que cenamos en aquel restaurante donde sólo había una mesa redonda y no paramos de ir hasta que conseguimos cenar en ella una noche, fuimos conscientes de que las cosas cuadradas iban a ser tan innecesarias en nuestra vida en común que decidimos dejar de pagar por todo aquello que tuviese esa forma caprichosa del cuadrado y poco a poco, gracias a ello, ahorramos lo suficiente como para comprar esta casa, este sillón y esta estantería, porque cuadrado no nacimos y por tanto no nos haríamos más adelante o no pretendíamos hacernos, así, que tanto tú como yo conocimos en la otra persona, la persona necesaria para seguir rodando sin miedo a que nos saliesen cantos. ¿Me entiendes?

Y yo le entendí tan bien como siempre y le recordé la de veces que había pronunciado cuadrado en la frase anterior y rió con fuerza, con más fuerza que nunca, continuando riendo al día siguiente y a los muchos más que lo prosiguieron. Después, hubo más líneas, y más discusiones y más reconciliaciones, pero Elisa siempre reía cuando oía la palabra cuadrado y yo hoy apenas lo hago ya. Un día la encontré fría y punto. Redondo o no todo se acaba y nuestra casa seguía de pie pero ya no era nuestra sino mía y todos fueron de negro menos yo, porque ella y yo teníamos nuestro propio culto y en él no cabía lo cuadrado del mundo. Elisa, supongo, me espera allí donde se ríe para continuar enseñándome a vivir, aunque ya no tengamos nada que vivir.