Escrito el 4 junio, 2013

El día que me nacieron tantos personajes en ese sótano de la calle Pez no contaba con que aquel amasijo de palabras ordenado por turno de intervención tuviese el ruido humano que tuvo después. Y es que no es tan así que me naciesen, sino que imagino, e incluso afirmo, que ya existían dentro de mí porque, al fin y al cabo, cualquier modo de expresión es una urgencia, una fuga, un ahorro de implosión. Entonces, aquellos personajes de la pensión donde ocurre todo, ya estaban allí dentro, dentro de mí desde hace mucho, pero desde no hace tanto, estaban en un manuscrito enmoheciendo en aquel sótano de la calle Pez y algo más tarde, casi de repente, estaban tomando densidad en las profundas voces de unas primeras lecturas en común. De aquel grupo, algunos continuaron con nosotros y algunos otros nos abandonaron, algunos con pena y algunos sin ella. Pero, definitivamente, cada personaje se apoderó de un pecho, de una piel, de un rostro, y sobre todo, de una voz. El moho de antes les comenzó entonces a sonar como hojarasca seca y ya no eran lecturas, sino interrogatorios por una ficción que ahondaba sus aristas en este plano nuestro de lo empírico y cotidiano, desempolvando de cada personaje sus huecos de papel. Cuando quise ser consciente, mis personajes ya no existían aunque hablasen con las mismas palabras, y ya no eran tanto voz como espacio y volumen. No sé si habría pasado un mes o tal vez dos, y nos decidimos a abandonar los ensayos en los salones de casa para transformar un taller/almacén de fontanería en una improvisada sede de ensayos, donde sólo cabíamos de tres en tres, pero suficiente para escenificar cada una de las habitaciones de la pensión donde sucedía toda la acción. Las frases que en aquel sótano habían nacido como parte de mí, de los personajes, se repetían una y otra vez en el eco de aquel cubículo y se alejaban cuanto más las oía. Aquello, entonces, comenzó a resultarme tan familiarmente extraño que los meses se alargaron buscando la tecla y el sentido de todo aquello. De nuevo, con el tiempo, algunos actores nos dejaron y algunos otros se incorporaron, y de nuevo, con el tiempo, volvió a suceder. Como una espiral infinita. Algo cansados todos, después de cuatro meses de ensayos, decidimos como objetivo cercano realizar una grabación, pero la grabación no llegaba nunca porque nunca había una sala en Madrid lo suficientemente amplia disponible. Y si alguna vez la hubo, nunca lo supimos. El tiempo, con convicción, no quiso saber de nuestro problema y continuó apretando. Algunos de nosotros nos deshinchábamos y algunos de nosotros soplábamos dentro, así, nos intercambiamos personajes, personajes del plano real, y con paciencia, cariño y trabajo en común conseguimos un teatro a puerta cerrada para poder ver, y grabar, por primera vez nuestro montaje en el total de sus dimensiones

Ahora, aquel manuscrito nacido en aquel sótano de la calle Pez hace ya casi dos años, y cocido a fuego lento para hacerse carne durante más de ocho meses, está sin estrenar, sin haber podido ser enseñado al público, ya que los espacios escénicos que pueden albergar Amurallados en la ciudad de Madrid son espacios de difícil acceso para un autor sin curriculum. Es por ello que consideramos ésta y otra sala como una oportunidad para ultimar de desarrollar, y exponer, nuestro trabajo, pudiendo sentir así realizadas tantas horas de dedicación, horas de cada actor, horas de cada persona que nos ha apoyado en este proyecto, pero, final y fundamentalmente, para exponer a juicio y valoración de un público crítico el proyecto en el que nosotros hemos creído durante todo este tiempo, porque el teatro no existe sin el público, sin opinión, por lo que nosotros, de momento, con Amurallados, no hemos podido hacer teatro.

Gracias a todos los que pasaron por aquí y no se pudieron quedar, gracias a quienes se quedaron pero ya no pueden estar, pero sobre todo gracias a quienes están y han estado.