Escrito el 22 abril, 2013

Cuando miramos el pacifico aquel medio día ambos sabíamos que todo sería así. Me dijiste que alquilásemos una casa allí, que me dedicase a mis cosas con la calma del ruido del mar y sus olas rompiendo en el espigón. Yo acepté sin pensarlo. Pensé, mejor, en tener un pequeño balcón que diese la cara al horizonte y que perdiésemos nuestros vagos ojos en él sin apenas hablarnos, escuchando el ritmo condescendiente de nuestras respiraciones, porque mientras que aquel pedazo de mar no se levantase, el resto del mundo podría extinguirse entre guerras nucleares que a nosotros allí no nos tocaría. Y sentía profundamente mi egoísmo, mi falta de solidaridad, pero es que yo tenía todo lo que necesitaba en aquel momento. Después, me paré a pensar como llegarían hasta nosotros los víveres necesarios en caso de que el planeta hubiese quedado expoliado de todo lo que nos alimenta. Pero aún así, seguí creyendo en aquellas palabras tuyas que me invitaban a que alquilásemos una casa allí. Te respondí que podríamos tener una pequeña bañera donde meternos juntos, llenarla de agua de mar, arrugarnos con insistencia. Y volví a ser tan egoísta que me aseguré a mí mismo que aunque los ríos no tuviesen ni una sola gota de agua dulce que llevar al mar yo me bañaría contigo todos los días desvaneciéndonos en el vapor del baño con la puerta echada. Después, me paré a pensar cómo recogeríamos nosotros el agua necesaria en caso de que los caudales fluviales no tuviesen cuerpo. Pero aún así, continué creyendo en aquellas palabras tuyas que me hablaban de alquilar juntos aquel piso a orillas del pacifico.

El sol se ponía con lentitud después de haber pasado todo el día allí, en la playa, tan lejos de todo aquel ruido de Lima, y deseé que las carreteras se hundiesen en algún violento seísmo para vernos obligados a pasar la noche paseando en búsqueda de nuestra futura casa. No quería regresar, quería seguir comiendo aquel escalope de pollo a la napolitana servido con acento argentino. Y tu cuerpo negro se me antojaba con frugal ansia por pánico a que desaparecieses bajo mi insistencia. Pero no, tú continuabas allí a mi lado mirando un mar embravecido cuando la noche estaba a punto de venírsenos encima. Se habían llevado el plato de los escalopes y nos habían servido no sé cuantos vasos más de chicha morada. Nos habíamos levantado varías veces al baño y nos habían encendido no sé cuantas bombillas más en la terraza donde estábamos. ¿Cuántas horas llevábamos allí ya? ¿Habíamos llegado aquella mañana o ya nos habíamos mudado a vivir allí? Tus ojos centelleaban el columpio de espuma que caía sobre la arena que se extendía al límite de nuestros asientos, y te agarraba la mano y te la soltaba y me volvías a preguntar que entonces qué, que si me convencía o no de que aquel lugar era el lugar que buscaba para vivir. Y no había forma de pensar en ello, porque tenía la sensación de que llevábamos siglos allí viviendo juntos y que un enorme sosiego conducía mi vida en ese rincón desde hace tantos siglos que seguramente supiese a quien habían enterrado en las huacas de Huallamarca o Pucllana. Pero yo continuaba sintiendo el ritmo de tu sangre palpitando en los hilos de debajo de tu mano y pensar o no en aquello era igual, ambos sabíamos que todo sería así.

La luna se vistió de blanco y las pocas luces del paseo casi desnudo nos dejó ver un trozo de cielo limpio, con sus ráfagas amarillas de universo y con la infinitud del miedo por todo aquello tan grande de lo que no sabíamos nada. Te señalé algo en el cielo y tú me ignoraste, después, me volví a quedar callado como siempre mirando el mar y te oí pedir a lo lejos dos chichas moradas más. La brisa casi nos hacía tener frío, pero tus brazos estaban allí llegando desde la barra o desde el baño enredándose a lo largo de toda la terraza, de toda la playa, de todo Lima, y largos y densos me agarraban sin sacarme de mi asombro, de mi incredulidad. ¿Cuánto tiempo llevábamos tomando allí? ¿Cuánto tiempo era el que hacía que estábamos juntos?

Ahora, que ambos sabemos que todo sería así, recuerdo aquel día eterno de playa a tu lado y me da ánimos para continuar nadando. El Atlántico es tan pequeño que ya puedes escuchar mi respuesta si la voy susurrando entre dientes. Sólo habremos de buscar algo barato o reconstruir aquella casa donde ya estuvimos hace ocho siglos. Sólo te ruego paciencia, no soy un barco ni un avión, pero llegaré antes o después para continuar nuestra vida.