Escrito el 22 noviembre, 2012

Cuando la noche se encierra entre mis rincones, trato de moverme lo menos posible debajo de las sábanas esperando a que todo pase, y sin embargo, nada pasa. Y me digo a mi mismo, rígido como la cuerda de un violín, que tal vez sea así mejor, que es así como ha de ser por suerte, y continúo inmóvil esperando mientras un negro anaranjado tan de ciudad se mezcla entre las cortinas de la habitación. ¿Y qué ha de pasar? No lo sé, nada imagino, sólo es que me da miedo que reviente la tierra o que nos asalten la casa y prefiero no levantarme a escribir de noche porque, con sinceridad, estando quieto me resigno ante lo esperado sin escuchar ruidos sospechosos. No lo sé, sólo es que me da miedo marcharme sin decir te quiero a mis padres o no poder volver a poner cuerpo a mi ayer, y opto por no levantarme a escribir de noche porque, con sinceridad, estando paralizado nadie podrá reprocharme nada. Ni tan siquiera yo mismo cuando lo que ha de acontecer, acontezca. El final es para todos y a mí, esta única verdad me aterra por su infinitud. En cambio, el rasgo más peculiar del ser humano es su ingenuidad, su capacidad para ser optimista entre el barro y la torpeza de una trinchera gasificada. No voy a decir que en todas, pero sí en algunas noches, no me vence tan terrible verdad que me llena de sin sentido la existencia, y vigoroso, cándido, trato de enfrentarme al rumor y al traqueteo arcano de fuera poniendo nombre o curso a todo aquello que ni veo ni presiento, a aquello que nos hace a todos vivir igual. Por ello, agradezco un confidente. Por ello, gracias por venir a charlar conmigo.

Curémonos el miedo hasta donde nuestra vasta profundidad nos permita.